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lunes, 12 de septiembre de 2016

Idiota (Teatro Kamikaze)

En realidad es mejor ni tan siquiera mirarlos. Porque lo habitual es que los textos que los directores redactan para los programas de mano sean torpes intentos propagandísticos, colecciones de tópicos o desalentadores demostraciones de incapacidad. Vamos, lo mismo que las críticas teatrales. Pero en el caso de caer en la tentación, lo mejor es leerlos después de vista la función (no por temor a destripes, sino a que te entren ganas de salir corriendo antes de tiempo), que es precisamente lo que he hecho hace un rato, antes de ponerme a escribir. Y me encuentro con que Israel Elejalde dice ahí, con sus propias palabras, muchas cosas de las que yo iba a decir aquí con las mías. Eso no se hace, señor Elejalde, encima de grandísimo actor y ahora vemos que prometedor director, resulta que también es un comentarista preciso. Quiere todo para él.

Pues sí, diré casi reducido a subrayar las palabras del director, Idiota es una obra estupenda, en la que Jordi Casanovas se muestra sumamente inteligente sin exhibirse. No solo los brillantes diálogos, sino la férrea construcción, y la progresión exponencial son señales de que el autor no se ha limitado a dejarse llevar por una buena idea, sino que detrás hay un concepto muy claro. Porque en la primera mitad el espectador (¡exigente!, diría uno de esos programas) se lo está pasando bomba, pero le reconcome algo. «Esto es muy divertido, pero ¿no hay nada más?» Luego resulta que sí, y el espectador, que es muy impertinente, dice: «ah, vale, ya sé por dónde tiras. Pero no me vas a echar ahora el sermón, ¿no?» Por suerte, Casanovas se salta este impulso moralista que lastra a la gran mayoría de los autores actuales (rectificamos: de los adaptadores actuales) y mantiene el fondo del asunto donde debe estar, en segundo plano. En este sentido, no deja de ser significativo el contraste entre el tiempo dedicado a la resolución de los enigmas intrascendentes (esos juegos mentales tan adictivos) y el breve lapso que permite (tanto al protagonista como a los espectadores) para resolver la clave cuestión moral que se plantea.

Si gran parte de los adaptadores habrían caído en la explicitud, qué decir de los directores, ansiosos por marcar su huella y dejar claro al espectador de qué lado están (y de cuál deberían estar ellos). Sin embargo, Elejalde, haciendo de la discreción virtud, se muestra aquí tan comedido como lo ha estado a lo largo de toda la puesta en escena. Se nota que ha tomado buena nota de los grandes directores con los que ha trabajado, Rigola sin ir más lejos, e imprime a Idiota, un texto puramente teatral, de un empaque cinematográfico, con un vivaz ritmo que nunca decae y un irreprochable gusto por el matiz y la sutileza. El brutalismo de la escenografía de Eduardo Moreno y la a la vez realista y expresionista iluminación de Juanjo Llorens contribuyen aún más a dotar a la obra de una mezcla entre retrato naturalista y experimento de ciencia ficción que tan a favor juegan de la comprensión conjunta de una obra más compleja de lo que podría parecer.

Cómo no, otro de los puntos fuertes de la función está en sus interpretes. Gonzalo de Castro podría haber caído fácilmente en lo paródico, en un personaje hecho para la burla y para alimentar el sentimiento de superioridad, tan gratificante. Pero, sin perder su vis cómica, logra hacer a su personaje mucho más humano, más cercano a nosotros, en sus miserias y sus dudas, en su incapacidad para actuar incluso después de haber pasado por su particular anagnórisis. El personaje interpretado por Elisabet Gelabert también corría riesgo de convertirse en un arquetipo (es alemana, con eso está todo dicho), pero si Castro es expansivo, Gelabert es intrusiva, un ser maléfico que tiene en su aparente inanidad una capacidad de destrucción masiva. He ahí otro mensaje subliminal que nos deja esta magnífica obra. La temporada empieza a lo grande.

martes, 15 de julio de 2014

Un hombre con gafas de pasta (La pensión de las pulgas)

Pese a su aparente simplicidad, el concepto de “minimalista” sigue llevando a confusión, quizá precisamente porque de simple no tiene nada. Se suele entender minimalismo como un tipo de arquitectura (o ni tan siquiera, de decoración: error de base) sin adornos, donde predomina el blanco y hay un vago aire japonés. Como guste, pero todo esto son superficialidades. Este desconocimiento no ha impedido que la etiqueta haya alcanzado cierto prestigio y en algunos casos nos hemos encontrado con casas que solo con moderación se podrían considerar como “rococó” y que sin embargo eran caracterizadas como minimalistas. El verdadero minimalismo es sutil, ordenado, fluido, un estilo en el que todo parece natural, pero detrás del cual hay toneladas de trabajo. Solo a través del estudio (monumental) y la práctica (sin descanso) se puede llegar a las soluciones más elaboradas y que a la vez parezca que el camino elegido era el único transitable.

El teatro también se ha visto asediado por un falso minimalismo consistente en, pongamos por caso, un escenario desnudo y una silla (vieja o de diseño, eso ya es cuestión de gustos y de corrientes). Inenarrable tedio y excusas como “vocación de estilo” son otras de sus señas de identidad. Autosatisfacción, por aliñar con pretensiones lo que no es más que pereza. Pero también hay casos de teatro valiente, decidido, que, como se suele decir, con cuatro cosas es capaz de sorprender al espectador y de llevarlo por territorios apenas transitados. Un vaso, un trozo de madera, unas luces que se apagan y se encienden, un verso, y ya tenemos lío.

Al principio de Un hombre con gafas de pasta parece que nos conocemos el itinerario de memoria. Un pedante que que es el prototipo del listillo al que nos encanta odiar y en el que se mezclan identificación (pues otra cosa no, pero pedantes entre el público teatral no faltan), envidia, repulsa y miedo. Como le pasa a los otros personajes, vamos. Pero pronto la cosa se va volviendo extraña. Empiezan a suceder cosas que no tienen explicación o que, si la tienen, peor. Ya no sabemos qué va a pasar la próxima vez que se abra la puerta. Si no estuviéramos embutidos entre el público, nos estremeceríamos (blench in the bench.) Al final hay gritos, caras de susto, carcajadas nerviosas y de las otras. Muchos nervios.

Para llegar hasta aquí Jordi Casanovas ha ejecutado un plan perfecto. Cada estancia está conectada, no hay espacios desaprovechados ni pasillo, sino que el mismo cuarto se transforma según las necesidades. Por muy obtusa que haya quedado esta metáfora, el resultado en escena es cristalino. Una vez vista la función, si repasáramos el plano diseñado por Casanovas nos daríamos cuenta de la habilidad con la que ha sabido trazar las líneas maestras, cómo cada situación, casi cada frase tiene su justificación. Y eso sin entrar en detalles, en esos golpes de humor y de extrañeza que enriquecen el conjunto sin descompensar las partes. Si en la escritura Casanovas se encamina hacia un objetivo tan claro como en apariencia disparatado, en la puesta en escena sabe convertir las limitaciones en ventajas y los viejos trucos del oficio en una nueva manera de espectáculo.

Decimos que todo es extraño y a la vez evidente. También nos parece que el hombre con las gafas de pasta tenía que ser irremediablemente José Luis Alcobendas. Encarna el arquetipo del sabelotodo con tanta naturalidad como desparpajo. Si no fuera porque hay tantos en la vida real (y sin ir muy lejos), sería difícil creerse a un tipo tan estomagante, de estos que siempre están soltando nombres (name droppers), aprovechan cualquier oportunidad para colar una expresión en inglés y alardean de todos los sitios en los que han estado (¡lo de la India!). Alcobendas tiene elegancia y un pronto que hace temblar, seducción y un punto de histrionismo (el que quizá sea el gran momento de la obra, la declamación del poema). Lo reconocemos: en más de una ocasión nos ponemos de su lado.

Inge Martín también sabe llevar un doble juego durante toda la función. Su Aina, de apariencia vulnerable, se guarda la astucia para cuando más falta hace y entonces usará toda su frustración sin reparos ni sentimentalismos. Markos Marín bascula entre el papanatismo más detestable y la rendición incondicional. Algunas de sus reacciones serían difíciles de justificar sobre el papel, pero Marín logra que nos creamos todo lo que hace. Olga Rodríguez defiende un personaje opuesto al de Aina, ella parece muy segura de sí misma, pero en realidad se deja llevar por los demás, si hiciera falta hasta el precipicio. En esta competición de juegos dobles, Rodríguez aporta un permanente estado de firmeza que sin embargo no oculta su desamparo.


Decíamos, como dicen, que cuatro cosas son suficientes. Hay mucho humor, no le restemos importancia, un humor disparatado y salvaje. Hay sorpresa, de la que produce incredulidad, de la que da susto y de la que revela auténtico ingenio. Hay intriga, un suspense capaz de hacer sobrellevar incomodidades y de acelerar corazones. Hay talento, del que suple cualquier carencia y hace innecesarios los adjetivos y las etiquetas.