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lunes, 18 de marzo de 2013

Marina, Teatro de la Zarzuela


Después de nuestros últimos fiascos, pensamos que ir a la Zarzuela era una buena opción. Y no solo por la metamorfosis estética en progreso que empezamos a sentir: aquí podríamos encontrar algo sólido, una historia bien forjada, una puesta en escena repleta de recursos y profesionales que se toman muy en serio su trabajo. Por desgracia, con Marina nos volvimos a llevar un chasco.

No sabemos por qué los responsables de la Zarzuela habrán elegido una obra como Marina, sobre todo en su versión operística, pero nos parece un error. Coincidimos con Kraus (Karl, habrá que especificar) en que la ópera, por muy sublime que sea, siempre tiene un punto de grandilocuencia que nos impide tomárnosla del todo en serio. Pero ese es un problema que ni la opereta ni la zarzuela comparten. Por eso, el hecho de dopar esta Marina la coloca, por usar una odiosa expresión, por encima de sus posibilidades.

Porque seamos sinceros, a nadie le importa mucho el argumento de una zarzuela, pero de ahí a poder sobrellevar con dignidad la historias de Marina hay un trecho. Es del tipo “no le amo, le adoro”, “¿pero por qué ella no me quiere?”, “me tendré que casar con el otro”, “ah, pero si le de que le querías tanto se lo decías a tu padre”, “bueno, pues entonces nos casamos”. De acuerdo, en peores nos hemos visto. Pero es que literariamente la obra es un bodrio.

Que Miguel Ramos Carrión, autor del libreto, esté también detrás de Agua, azucarillos y aguardiente y de Los sobrinos del capitán Grant nos haría sospechar que todo es una gran broma, que en realidad se tratara de una parodia de la zarzuela original de Francisco Camprodón. Pero no hay nada en la puesta en escena que nos confirme esa teoría. Incluso el personaje cómico, tan necesario en cualquier obra canónica, aquí está desaprovechado y no tiene demasiada gracia. Y es que no hay camino más directo que el ponerse estupendo para acabar en que ni chicha ni limoná.

Puede ser que la situación del teatro actual no permita el despliegue de efectos a los que hemos asistido otras veces en la Zarzuela, pero también es cierto que no es necesario un presupuesto gigantesco para encontrar soluciones imaginativas y brillantes. Sin embargo, la puesta de Ignacio García es plana y sin inventiva, nada que ver con las sorpresas que ideó para Las meninas. Los decorados de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso son bonitos, cierto, pero tampoco se les saca mucho partido. La iluminación de Paco Ariza nos pareció innecesariamente oscura, frente a un vestuario de Pepe Corzo en su punto.

Como somos prácticamente sordos, no vamos a ponernos a entrar en valoraciones musicales, pero sí que tenemos que decir que nos pareció que Arrieta abusaba del 2x3, es decir, que cada dos por tres recurre al truco del crescendo para acabar con un chimpum y la salva de aplausos correspondientes. Lo que más nos gustó, sin que hubiera una reacción perceptible por parte del público, fue la música que suena para celebrar el compromiso, en el que los actores bailan con delicadeza y sin cantar.

Sin ninguna duda, y aquí no habrá el más mínimo reproche, el punto fuerte de la función está en sus cantantes, lo que por otra parte hace más lamentable que no les hayan propuesto un desafío a la altura de sus posibilidades. En la representación que vimos destacaba sobre todo Sonia de Munck, que en algunos momentos incluso nos hizo preocuparnos porque parecía que iba a explotar. En la parte final, cuando ya nos habíamos olvidados de tramas y enredos para centrarnos en lo musical, incluso consiguió transmitirnos esa elevación que solo la gran lírica logra.

El público no perdonó casi ninguna oportunidad para dar su aprobación y al final se dio el gustazo de estallar en aplausos y bravos apabullantes. Nosotros, sin encontrar el punto al conjunto de la representación, agradecimos el esfuerzo y el talento de técnicos y artistas.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Perséfone (Teatro María Guerrero)


Es paradójico que muchas ficciones sobre la fugacidad de la vida se hagan largas como una condena eterna. No es el caso de Perséfone, que apenas llega a la hora y media (sin agobiar al espectador), pero en esta ocasión la obra también sufre sus propias contradicciones. Por una parte, el tema escogido (“la muerte”, nada menos) es uno de los más ambiciosos que se puedan plantear. Sin embargo, el texto nunca está a la altura, y más allá de banalidades previsibles y de algunas entonaciones que aspiran a lo clásico y se quedan en lo retumbante, nada nuevo ni verdaderamente profundo se puede sacar del espectáculo. Pero es que además Perséfone tiene otra intención: ser divertida. No decimos que esto sea imposible, pero sí muy difícil, y Comediants fracasa en su intento de ser graciosos a toda costa.


ÀngelsGonyalons ejerce de Perséfone carabetera ganándose el aprecio del público en cuanto empieza a cantar. No sabemos qué tiene el público madrileño con esto de las canciones, pero basta que un actor se ponga a hacer gorgoritos, ya sea bien, mal o patéticamente, que el espectador se lo agradece con generosidad. Quizá se deba a su total falta de preparación (y siempre se agradece más lo que uno es consciente de no saber hacer), pero en cualquier caso Gonyalons canta estupendamente, así que ya tiene a la audiencia en su bolsillo desde el principio. Lástima que las letras de las canciones no tengan consistencia y tengamos que limitarnos a admirar una voz que se queda sin gran cosa que decir.


La otra presencia continúa en el escenario es la del músico RamónCalduch. Será fácil achacar también a la crisis el hecho de que cada vez sea más frecuente el hecho de que un solo músico se encargue del trabajo de toda una orquesta. En esta ocasión, Calduch toca guitarras acústicas y eléctricas, un saxofón, un vibráfono y numerosas percusiones, además de acompañar con la voz en algunas canciones. Más que virtuosismo, que obviamente también lo hay, parece una muestra de aquello de hacer de la necesidad virtud.


El resto del reparto también multiplica sus funciones. Cantan, bailan un poco, hay alguna acrobacia y hasta hacen chistes. No queremos ser injustos, pero también es verdad que lo que más nos gustó fueron las máscaras, muy bien hechas, expresivas y cómicas. Parece que la labor de Joan Font, tan marcada a lo largo del tiempo, a veces se difumina en constantes reconocibles y apreciables, pero con el riesgo de caer en la rutina... en el peor momento.


En algunos de sus artículos para La Antorcha, Karl Kraus se burlaba del “espectáculo total” de Wagner porque en su opinión tanta solemnidad y tanta trascendencia se venían abajo cuando los actores comenzaban a cantar. Quizá debido a su experiencia operística, Font ha tratado de aligerar una probable pomposidad a través de números de varietés, sentido del humor e inventiva. Se agradece el esfuerzo (muy vivamente lo hizo el público del estreno, quizá por la citada pasión musical), pero hay que lamentar la falta de inspiración.