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lunes, 6 de julio de 2015

Atchúusss!!! (Teatro La Latina)

No tenemos datos (ni vamos a buscarlos), pero sí la fuerte impresión de que los dos autores más representados en la escena madrileña son Shakespeare y Chéjov. Tampoco tenemos claros los motivos de esta predilección, aparte de los más obvios, como que son muy buenos (toma ahí perspicacia). Respecto a Chéjov, lo de la coincidencia entre la idiosincrasia española y el alma rusa (pero mayor es la coincidencia con los irlandeses y no hay manera de ver algo de Yeats, por ejemplo). Lo malo es que a Chéjov se le suele representar de manera equivocada, al menos desde Stanislavski (de esto sí tenemos pruebas y serán exhibidas bajo requerimiento), y por eso es uno de los escasos dramaturgos que suelen soportar mejor la lectura que la representación. Y es que, ya lo hemos comentado en alguna ocasión, muchos directores de escena tienen la manía de convertirlo en un pesado y aburrido predicador, quizá confundiendo la recreación del teatro decimonónico con lo mustio e inane. Todavía recordamos el Tío Vania de Narros con versión de Trapiello y no nos explicamos como de esa conjunción pudo salir algo tan plomizo.

Por estos motivos celebramos que Carles Alfaro y Enric Benavent hayan dotado a Atchúusss!!! de una ligereza e incluso un toque de locura que tan bien le siente a Chéjov. La obra tiene una clara escalada que va desde la moderación de sus primeras escenas al desparrame total de su conclusión, pero en todo momento prima el divertimento, la necesaria falta del respeto debido en beneficio de una alegría contagiosa, que casi siempre logra evitar el perfil forzado para llevar al espectador por los caminos más disparatados de un espectáculo casi circense. Alfaro ya demostró recientemente con El lindo don Diego tener una mano maestra para la comedia casi farsesca, mientras que Benavent aporta su amor de actor agradecido para que ese punto de subversión no acabe por borrar toda huella del autor (como sí pasa en algunas aclamadas obras “de director” en las que todo el lucimiento se centra en la puesta en escena). No se trata de parodiar a Chéjov, sino de exprimir todo su potencial cómico.

El canto del cisne, La introducción de Atchúusss!!! es casi fantasmal, muy a lo De Filippo, con un viejo actor enfrentado a los espectros del escenario y los (todavía más temibles) del patio de butacas. La seducción es un prodigio de sutileza, de construcción progresiva que va sembrando semillas de vodevil para acabar en un giro dramático de pura sutileza. Benavent se impone como galán maduro que se las sabe todas y que alardea de un cinismo cuyas consecuencias parecen no importarle. Por el contrario, Fernando Tejero es el típico marido que no se entera de nada y que, como un burlado cervantino cava su propia infamia. Pero el mejor personaje es el de Malena Alterio, que sí que no, seducida por delegación y atrapada en un juego del que se cree a salvo pero en el que caerá sin condiciones.

En el siguiente cuadro, La institutriz, le toca a Adriana Ozores desplegar todo su arte interpretativo. Cuántas ganas teníamos de ver a esta actriz en teatro. Y las expectativas has sido más que colmadas. Con mucha contención, engañando con sinceridad, jugando tanto con las palabras como con la expresividad, Ozores provoca que el espectador no solo se conmueva ante el mal rato que hace pasar al personaje de Malena Alterio, sino que se sumerja en su misma impotencia y sumisión. De ahí que la lección tenga un doble valor. En El oso Ernesto Alterio abandona su papel de maestro de ceremonias payasesco y se convierte en un brutote de los de buen corazón. Su mezcla de acentos es un poco confusa, pero su violenta y ambivalente relación con el personaje de Ozores supera ciertas incoherencias y acaba por sobresalir el valor de su convicción.

Si hasta entonces el público parecía acoger la representación con benevolencia (digamos que el calor tampoco es que de mucho pie a la exhibición de entusiasmo), con La petición de mano y El aniversario la rendición incondicional ya se hizo palpable, con varias salvas de aplausos improvisados incluidos. Aquí Alfaro ya ha dejado atrás toda represión y opta por el humor más descarado y al borde de lo histriónico, decidido a avanzar sin prisioneros. Malena Alterio y Tejero tienen así campo abierto en La petición de mano para actuar sin ataduras y se comportan con todo descaro. Sin duda la pieza es un joya del más difícil todavía, y los actores no dejan escapar ni una de sus múltiples posibilidades en busca de la carcajada. Pero en El aniversario la cosa va todavía más lejos y los interpretes parecen disfrutar de vía libre para sobreactuar y arrasar el escenario. En este crescendo tan bien pautado que es Atchúusss!!!, El aniversario es el redoble, las trompetas a todo tren, la percusión a pleno galope, los cimbales resonando, serpentinas y confeti. Ernesto Alterio parece a punto de sufrir una embolia, Adriana Ozores capaz de provocar un infarto a un cadáver y Malena Alterio tan irritante como una niña empecinada*. El público convertido en fanático y sin ganas de que la fiesta termine. Para que luego digan del teatro decimonónico.



*O como una espectadora teatral, podríamos decir. Justo cuando se apagan las luces, empieza la perplejidad al escuchar a nuestro lado a alguien que califica a su acompañante como “zorra”. Lejos de nosotros utilizar tan gruesas palabras, más estando las leyes como están. Pero la mujer parecía cumplir todos los requisitos del más malvado de los espectadores de teatro, incluidos el papelito de caramelo con el que se mantiene entretenida durante sus buenos diez minutos y una llamada telefónica. No que le sonara el móvil, sino que ella misma se puso a llamar. Ay, qué lástima que los espíritus del teatro no se manifiesten alguna vez y den a algunos su merecido. 

martes, 7 de enero de 2014

El cojo de Inishmaan (Teatro Español)

Qué fácil es esto del teatro. Si alguien recién llegado de una isla perdida del Atlántico apareciera en el patio de butacas del Teatro Español y presenciara un función de El cojo de Inishmaan, probablemente pensaría que qué juego tan divertido. Y tan sencillo. En un momento de la obra, uno de los personajes dice que los actores no trabajan, pues solo se dedican a hablar, y eso lo hace cualquiera. Nuestro isleño saldría del teatro con la misma impresión, pero no solo acerca del oficio de actuar: escribir una obra y ponerla en escena también parece pan comido. Y sin embargo sabemos que nada más difícil que conseguir esa fluidez, esa naturalidad que hace que todo resulte sencillo; esa simplicidad de las obras redondas.

Parece que Gerardo Vera paulatinamente ha ido depurando su concepto de la dirección, dejando atrás la teatralidad para concentrarse en lo esencial. Sin llegar a los extremos de El crédito, en la que se sabe que hay director porque lo pone en el programa (y esto lo decimos como elogio), aquí todos los elementos de la puesta en escena están llevados a su mínima expresión. La música es casi imperceptible y la iluminación es plana, mientras que la escenografía de Alejandro Andújar es meramente indicativa, sin apenas incidencia en el desarrollo dramático. De igual manera, Vera se guarda de hacerse notar, pero su buen pulso está presente en momentos tan logrados como el de la sesión de cine, en el que el continuo movimiento de los actores dota a la escena de un ritmo interno que evita el estancamiento. Como es habitual, el trabajo más duro se plasma sin llamar la atención.

Vera sabe que puede utilizar este perfil bajo porque cuenta con los principales elementos que de verdad importan en una obra de teatro: un texto brillantísimo y un reparto sin mácula. El texto de Martin McDonagh, en una versión de José Luis Collado en la que solo patinan algunos coloquialismos que suenan muy falsos en castellano, demuestra lo justificada que está su comparación con Beckett, más allá de los atajos fáciles. El isleño del que hablábamos al principio no tendría muy claro si El cojo es un drama (un dramón, de hecho), o una comedia (y divertidísima, además). Como ya nos pasó en la puesta de Agosto que dirigió Vera, nos embarcamos en un vaivén emocional que tan pronto nos sumerge en la más honda desolación como nos eleva a la liberación de la carcajada incontenible. Hay que ser muy hábil y tener mucho tiento para no pasarse por los extremos ni acabar haciendo mezclas indigestas, y tanto McDonagh como Vera dan una lección de alquimia.

La función se abre con un diálogo mitad costumbrista mitad beckettiano entra Marisa Paredes y Terele Pávez. (Con esta frase ya está justificado el ir al teatro). Ambas muestran una excentricidad sin aspavientos, dando el tono de lo que será la constante de la obra. Paredes parece ajena a este mundo, posición que se acentuará a lo largo de la representación, mientras que Pávez es más expansiva, pero no mucho más cuerda. Ambas conforman una pareja a la que Vera ha sazonado con cierto mihurismo.

Pero si Paredes y Pávez tienen rendido al público desde el principio, cuando aparece Enric Benavent ya arrasa con todo. El estrafalario y cotilla personaje de Johnnypattenmike se merecía un actor que hiciera honor a su desparpajo, y Benavent multiplica sus posibilidades por mil. Sus inocuas historias sobre ovejas sin orejas se convierten en apasionantes relatos llenos de gracia; sus inesperadas apariciones detrás de las puertas en golpes insuperables de comicidad; y su mano a mano con su alcohólica madre de noventa años, la irresistible Teresa Lozano, es sencillamente antológica.


Así las cosas, Ferran Vilajosana no lo tenía nada fácil para enfrentarse a su complejo papel de Billy el Cojo y a estos magníficos actores. Pero resuelve las incomodidades físicas con elegancia, con discreción, como es marca de este montaje; y los altibajos de su personaje siempre manteniendo el perfil adecuado. Incluso en el momento más melodramático, que luego se descubrirá con truco, mantiene la entereza y la finura que dignifican a su maltratado personaje.

IreneEscolar tiene la mala suerte de que a su personaje le hayan tocado los diálogos peor traducidos y que lo que su personaje debería tener de soez por momentos parezca tourrette, pero tiene la capacidad de dejar intuir ternura tras la dureza de su personaje, y sobre todo unas ganas de imponerse a un entorno que no le va a facilitar para nada la vida. Adam Jezierski es un pesado con muchísima gracia y una soltura que le permite moverse con descaro entre un reparto de primerísimo nivel. Marcial Álvarez y Ricardo Joven comparten en sus personajes cierto hinchamiento que debe venir desde la dirección y que desentona un poco con la modulación conceptual de la representación y del resto de los actores, pero que contribuye a su caracterización.


lunes, 19 de julio de 2010

El arte de la comedia

El libreto de El arte de la comedia es el perfecto ejemplo de texto genial que no pasaría ni la primera criba de cualquier Academia que se precie. Tras una breve introducción en la que De Filippo, muy levemente disfrazado de Oreste Campese, hace una loa al mundo del teatro, que en esta ocasión es un repaso a su propia vida en escena, el espectador se topa con una larga escena en la que el propio Campese y el gobernador De Caro discuten sobre las delicias y penurias del oficio teatral, las políticas a seguir para su mejoramiento, su impacto social. Desde la cordialidad inicial la conversación se va agriando hasta que un indignado gobernador, que cree que el actor quiere aprovecharse de él, echa a éste de su despacho.

En un momento de este extenso diálogo, se dice que la tantas veces alabada “valentía” de un autor teatral en realidad esconde la visión represiva que sobre este oficio tiene la sociedad: ¿por qué, si no, un dramaturgo iba a tener que ser valiente? Pues bien, el arrojo de De Filippo es casi suicida. Y su confianza en sí mismo. Porque hace falta coraje para pasearse por el filo de lo tolerable por el espectador común (es fácil imaginar que no a todo el mundo le interese un tête à tête de media hora larga sobre un tema puramente teatral) y porque el autor consigue salir bien parado del empeño sin recurrir a trucos manidos (como buscar la identificación/rechazo con los personajes), sino con la pura fuerza de las palabras. También es digno de elogio que Carles Alfaro en su puesta en escena haya decidido ser respetuoso con el texto y dejando la escena como una confrontación entre los dos personajes, sin querer hacerse notar.

Después de esta primera parte, el espectador se frota las manos: la discusión ha acabado con una amenaza del histrión: las próximas citas que se pasaran por el despacho del gobernador quizá, quién sabe, sean actores de su compañía disfrazados para la ocasión. Una excelente oportunidad para saber si su oficio es tan despreciable que hasta una mirada superficial puede descubrirlos. Aquí había dos caminos por los que tirar: la reflexión metateatral (explícitamente citada con la referencia a Pirandello) o la denuncia social sobre la mala vida de los actores a el desprecio que sufren por parte de una sociedad que sólo los valora como pasatiempo (como si fuera poco). Obviamente, De Filippo desprecia ambas posibilidades. ¿Y qué hace? Sólo teatro. Unos textos creativos, cómicos y patéticos, desarrollados con infalibilidad. Una oportunidad para el lucimiento de los actores. Señores, nos dice, podemos darle muchas vueltas al asunto, pero a esto se reduce todo. ¿De verdad que no es suficiente? Y hasta de sobre, contestamos.

Suponemos que una obra así es un regalo para la gente del teatro. Una reivindicación del propio oficio, pero también una obra llena de posibilidades. La puesta en escena, que podría haber resbalado por los terrenos de la autoconsciencia, se ajusta sin embargo a las exigencias del texto y diríamos que se queda en un segundo plano, dejando jugar. Y los actores se lo pasan en grande. Enric Benavent, del que siempre habíamos tenido algunas dudas, como Oreste, aquí está inmenso, desde su primera escena elegíaca hasta su gloriosa frase final. Pero lo de Pedro Casablanc está fuera de categoría, una de esas actuaciones para salir a hombros. Acorde con la directriz de no hacerse notar, a veces parece como si su personaje fuera funcional, pero de alguna manera logra convertirse en el centro de toda la función. No podría imaginarse un estilo más acorde con la obra y a la vez tan resplandeciente. Esto también es teatro destilado.