Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel Olivares. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel Olivares. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de mayo de 2015

Our Town (Teatro Fernán Gómez)

Our Town es una de las obras de teatro más conocidas de la cultura popular norteamericana y seguramente la más representada por compañías escolares y de aficionados. Sin duda ayuda el que sea un texto con multitud de personajes interesantes y que su puesta en escena no exija excesivos recursos (según indicaciones del propio Thornton Wilder debía representarse con el menor atrezo posible y sin decorados). También es cierto que la obra puede verse como una reivindicación de una época dorada, de un tiempo pasado y casi perdido de inocencia y buen corazón, lo que suele garantizar una acogida generosa por parte del público. Pero el mayor valor de Our Town, lo que realmente ha contribuido a su pervivencia, es que se trata de una obra de teatro modélica. Sí, si dentro de mil años se intentara explicar a los estudiosos en qué consistía el teatro del siglo XX, Our Town sería una buena candidata para despejar dudas.

La aproximación al texto de Wilder puede realizarse desde perspectivas muy variadas. Se puede optar por una evocación poética, un tratamiento elevado que transforme esta pequeña ciudad como cualquier otra en símbolo de un humanismo vitalista, una invitación a disfrutar de la existencia aprovechando sus más esquivos presentes; también se puede incidir en su particular trascendencia, que va más allá del retrato de la vida cotidiana para indagar en la felicidad consumada a través del bien común; tampoco sería descartable una visión irónica, que tome distancia de los hechos narrados y de su idealización para divertirse con las simplezas de la buena gente; cómo no, en Our Town también hay un poderoso impulso romántico, historias de pasión juvenil y de amor maduro que desbaratan cualquier cinismo; y, por concluir ya una lista que podría seguir alargándose, no es descabellado interpretar todo lo visto como una historia de fantasmas. Cierto, la obra comienza como El cuarto mandamiento (recordemos que Orson Welles participó en una versión radiofónica) y termina como un episodio de Dimensión desconocida.

El problema del montaje de Gabriel Olivares, por otra parte encomiable, es que trata de aunar todas estas vertientes y el resultado es por momento abrumador. Y eso que intenta mantener la esencia propuesta por Wilder, con un hábil uso de pocos elementos que multiplican su función y una dirección de actores que huye del manierismo. Pero la función es un torrente de ideas, más o menos equilibrados entre aciertos y fallos. Al “cada plano, una idea” de Godard, Olivares responde con un “a cada escena, un invento”, y es imposible estar todo el tiempo inspirado y además no agotar al espectador con tanto ingenio. Es como si el director no hubiera querido dejarse nada en la maleta, como si quisiera desplegar todas las posibilidades que le ofrece Wilder, pero esto conlleva que junto a momentos deslumbrantes y sentidos, como esas escenas hogareñas de calma y comprensión, o también la naturalidad con la que se toman las propuestas más filosóficas, haya otros que sobren o incluso incomoden. Por ejemplo, en los momentos más emocionantes, hay un cierto distanciamiento, una ironía no muy pertinente que evita que se produzcan esos destellos de verdadera vida que son la piedra de toque del puro teatro.

La representación se abre con Efraín Rodríguez como inmejorable guía para introducir al espectador en el mundo de Our Town. En pocos minutos ya conocemos las claves en las que va a funcionar la representación y los complejos trucos ideados por Wilder se desvelan con una sencillez que facilitan entrar en el juego de manera inmediata. En el segundo acto toma el relevo Ángel Perabá con igual maña para la narración y la descripción. Lo que hasta entonces habían sido apuntes del natural cobra consistencia con el desarrollo de la historia de amor entre Emilia y Jorge. Aupados por sus consistentes madres, Chupi Llorente y Mónica Vic, que aportan solidez al irregular reparto, Elena de Frutos y Paco Mora componen una pareja de inocentes muchachos temerosos ante lo que se les viene encima, tímidos en los primeros pasos y desbordados cuando llegan las grandes decisiones. Si en los momentos más dramáticos les falta algo de empuje, dan bien cuando se mueven en la incertidumbre y en la escena de cortejo muestran un encanto y un brillo en los ojos genuinos.


El tercer acto es conducido por Eva Higueras con una ligereza que baja un tono que podía haber caído en lo pretencioso. Aquí veremos los momentos más evocadores (con un buen giro en la puesta en escena), llenos de dolor, pero también de esperanza. Si en la escena de la boda a Olivares se le había ido un poco la mano en el distanciamiento y la actualización, aquí recupera la contención y recrea las escenas más bellas y sentidas de toda la obra con el debido respeto. Es un momento especialmente delicado, pues es fácil caer en el absurdo o en el sentimentalismo, o por otro lado buscar la salida cómoda de la parodia. Pero Olivares consigue controlar la temperatura hasta alcanzar el clima ideal, logrando que el punto culminante de la función esté a la altura de lo esperado y que cuando se encienden las luces y haya terminado la representación, nos demos cuenta de que la reverberación acaba de comenzar.

lunes, 13 de octubre de 2014

Cancún (Teatro Infanta Isabel)

Para muchas personas unas vacaciones en Cancún deben de ser algo así como el paraíso en la tierra. Para otras tantas, es una imagen del infierno. Y quizá por los mismos motivos. Cuando vamos a ver una comedia de Jordi Galcerán sabemos que nos vamos a encontrar con alguna sorpresa, y en Cancún resulta que el choque viene no tanto de unos giros argumentales algo forzados, sino al encontrarnos con que puede ser una misma persona la que ame y odie Cancún. Y, claro está, cuando hablamos de Cancún estamos hablando de la vida.

Al principio de la función nos situamos en el lado bueno de la foto, alegría, desenfado, personajes desinhibidos, mucho cariño y besos para todos. Pero solo con eso no podemos llegar a la hora y media. Así que no tarda en surgir el conflicto. Una confesión descuidada, un desliz que desencadena una riada de reproches, y ya tenemos armado el lío. Enseguida tendremos uno juegos espacio-temporales y materia de sobra para el equivoco y las situaciones más disparatadas. En realidad el juego no se aleja mucho de planteamientos como el de La vida en un hilo, la obra maestra de Edgar Neville (nos parece que es un mejor referente que la explícitamente citada Peggy Sue se casó), y aunque Galcerán siempre tiene gracia e ingenio, creemos que en Cancún no logra sacarle a la historia todo el partido que prometía.

Lo más extraño es que siendo Galcerán un maestro de la estructura dramática (sus armazones siempre son a prueba de bombas), aquí se dejé llevar un poco por las soluciones más fáciles, como ese recurso casi final a las teorías de Einstein para explicar lo que no necesitaba mayor desarrollo. De igual manera, algunas de las reacciones de los personajes nos parecen poco convincentes, hay escenas que están muy bien en sí mismas, pero que tienen poca imbricación con el conjunto de la obra. Así, el momento de la explosión de Vicente Romero está perfectamente escrita e interpretada, pero no nos la acabamos de creer. Lo que antes era todo un amor, de repente es un rencor violento. Y de acuerdo que pueden producirse estos ataques de rabia por un odio contenido, pero no porque le vengan bien al autor.

Así seguirá pasando durante toda la obra: las situaciones incómodas, entre oníricas y turbadoras que provoca un suceso sin explicación, pueden hacerse algo indigestas, y sin embargo cada escena tiene sabor e ideas refulgentes. La dirección de Gabriel Olivares sigue con respeto las líneas maestras del texto sin atreverse a darle un mayor toque de locura, quizá temeroso de que la situación se le vaya de las manos. Como ya hacía Gerardo Vera con El crédito, Olivares ha preferido mantener una supervisión casi invisible que permite el lucimiento de los actores y que pretende evitar las situaciones más incómodas por el simple procedimientos de pasarlas por alto. La opción es legítima y más teniendo en cuenta que se trata de una obra con una franca intención comercial. El resultado es en gran medida satisfactorio, aunque quizá se quede corto.


Pero Olivares sabe que además de con el seguro de vida que supone un texto de Garcelán también cuenta con unos estupendos actores. María Barranco da perfectamente el tono entre ingenua y maquiavélica, sin temor a abusar de su innata vis cómica, a la que además añade unas gotas de malicia muy auténtica. Vicente Romero salva las contradicciones de su personaje haciendo casi un doble papel, al que sin embargo dota de un carácter único e identificable. Aurora Sánchez también está en el punto justo que se sitúa entre la comedia más descarada y el control de daños, manteniendo la compostura hasta la última réplica. Francesc Albiol va ganando peso según avanza la función y saca todo el partido a los momentos en los que su personaje puede demostrar lo que de verdad siente.