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lunes, 17 de octubre de 2016

Escuadra hacia la muerte (Teatro María Guerrero)

Cuando de adolescente lees a los existencialistas piensas que eso es la filosofía, pero no tendrá que pasar mucho tiempo para que te des cuenta de que eso no es filosofía. Por qué hay gente que llegada ya la madurez sigue viendo tal fenómeno sin la ironía debida, es un misterio. Quizá esa pesadez de la nostalgia llegue también a estos terrenos. En cualquier caso, vista ahora, Escuadra hacia la muerte no solo sufre de los habituales achaques debidos al paso del tiempo, sino que su deuda con esa filosofía de bolsillo (a veces da la sensación de ser un escolio a Sartre, total, solo cambia una letra) la hace casi intragable.

Porque no es ya que, pese a las injerencias brechtianas, no haya el más mínimo distanciamiento, sino que la pomposidad latente en la obra de Alfonso Sastre está multiplicada aquí hasta niveles por momentos bochornosos. Es como si a cada momento nos estuvieran diciendo: eh, atentos que ahora viene algo importante. Pum-pum-pum. Luces, que ahora llega un momento trascendente. Y, bueno, si lo que nos dijeran fuera realmente interesante, pues la parafernalia sería secundaria, pero es que esto no es que haya pasado de moda, sino que quizá de tanto usarlo ha perdido cualquier valor no ya estético, sino humanista.

Cuando a la salida de una obra los comentarios van dirigidos a alabar su escenografía, aunque esta sea de Paco Azorín, malo. Y es cierto que, en este campo, el trabajo de Azorín es encomiable, al igual que el de Pedro Yagüe en la iluminación. Pero, aparte de eso, poco que destacar en un director que con Julio César demostró que puede hacerlo mucho mejor. Las actuaciones, en su tono general, sin necesidad de particularizar, están como varios puntos por encima del nivel de intensidad requerida, como si hablaran para la platea (en el mal sentido). También en este aspecto el montaje adolece de grandilocuencia.

lunes, 20 de octubre de 2014

Ilíada (Teatro Valle-Inclán)

Ay, Musas, ¿por que me habéis abandonado? Esta es una de esas situaciones en las que te sientes como el conductor que se pregunta qué hacen todos los demás coches yendo en dirección contraria. Porque, sí, reconozcamos los méritos de esta puesta en escena de la Ilíada y valoremos el esfuerzo y tal, pero hay que admitirlo: si hubiera durado un poco más habría bajado yo mismos a acabar de una vez por todas con Héctor. Era él o yo. Y sin embargo, al parecer, fue apoteósico. Homérico!, claro. Incluso descontando la hipocresía del público teatral, se nota que no, que sí, que ha gustado. Peor para mí.

Como a partir de aquí los selectos (mejor calificarlos así que de escasos) lectores de este blog habrán desistido de continuar, nos vamos a permitir algunas divagaciones. Comenzaremos con un grandísimo pecado: no hay emoción. Porque habrá virtuosismo, entrega, inventiva. Pero a mí me dejó frío. Siempre he sido brechtiano, incluso antes de aficionarme al teatro, y sin embargo, en momento así, me pregunto: ¿no sería la vida del espectador teatral más feliz antes de Brecht? Porque, señores, está bien eso del distanciamiento y de darle una vuelta a las convenciones, pero ¡esto es Homero! Por cierto, que tampoco hay épica, al menos la genuina. Y también, que el teatro épico está muy bien, pero aquí pedimos otra cosa.

Eso, un poco de respeto, se lo ruego. Que los dioses son de cachondeo, pues casi mejor borrarlos del mapa en lugar de convertirlos en mamarrachos. Que las guerras son muy malas, pues sí, padre, eso ya lo sabemos. Que la emoción es una cosa cursi y que viva la ironía y somos muy modernos, pues conmigo no cuentes. Porque el teatro tiene que ser algo más. Sí, volvemos a la emoción. Llega una escena cumbre, una conmovedora despedida, una muerte trágica. El actor sublime, la actriz transmutada... Y entonces (acabemos por siempre con los “entonces”), se ponen a narrar como si tal cosa, con esa manía de leer acotaciones. Y menos mal que no se ponen con las notas a pie de página. Que como recurso lo de que sean los actores los que narren la historia, pues no está mal, pero estar así cuatro horas, cansa. Muchos trucos para luego tirar por el camino más fácil. Así no.

Porque se lauda el trabajo agotador de los actores, pero también debería reconocerse el esfuerzo del espectador. En serio, que un día nos va a dar algo. Aquí, con tanta cháchara (y las Musas nos perdonen por hablar así de Homero, que Él no tiene la culpa) y tanto ir y venir, el dolor de cabeza era inevitable. Y la velocidad a la que hablaban... vale que hay que meter todo el jaleo (y luego acuso a los demás de irreverencia, es que) en cuatro horitas, pero es que a veces parecía una screwball comedy. Lo de Agamenón es de traca, qué capacidad para soltar sus discursos sin necesidad ni de respirar. Eso sí, daban ganas de decirle: “pero callate un poquito, boludo”.

Uno de los aspectos en los que la literatura es superior al teatro es en la opción de elegir prioridades. La Ilíada, ese monumento de la Humanidad, esa cima de las Letras, esa inmortal Obra, tiene extensos fragmentos repetitivos que proporcionan ese inigualable placer que supone saltarse páginas (aunque, en este caso, sin la recompensa añadida de sentir remordimientos). Pero en el teatro no podemos disfrutar de esta fuga (lo de estar entrando y saliendo de la sala estaría muy mal visto). Claro que siempre queda la opción de ponerse a pensar en la cena o tararear interiormente, pero no es lo mismo, y también acaba aburriendo. Me gustaría saber cuánta gente de la que se puso en pie y lanzó bravos a diestro y siniestro (por un momento temí verme inmerso en un ataque de ménades) no se había pasado media función regurgitando. Pero bueno, no estamos aquí para juzgar a las personas. Y las obras, pues al parecer tampoco es que las entienda muy bien. O será que soy más de la Odisea.


domingo, 10 de marzo de 2013

El café, Teatro de La Abadía


¿Qué diferencia una obra mendaz, hortera y vulgar de una obra que refleja un mundo mendaz, hortera y vulgar? Suponemos que la respuesta es “la ironía”, en cualquiera de sus acepciones, ya sea el distanciamiento, la parodia o las diversas graduaciones que marcan la distancia entre una realidad y su representación. Por eso el principal problema (de los múltiples) que tiene El café es que apenas hay resquicio para la ironía, y que cuando esta se muestra, es tan obvia que a su vez cae en lo mendaz, lo hortera o lo vulgar.

A estas alturas no estamos para ofendernos (¡ojalá esta función hubiera logrado provocarnos alguna reacción!), pero seguimos sin entender por qué maltratar una joya de Goldoni de una manera tan desalmada. Una opción es poner en escena la obra. Genial. Otra es no hacerlo. De acuerdo. Pero despreciar el material genuino y brillante por una adaptación mediocre no tiene sentido. Y parece que Goldoni no tiene buena suerte en La Abadía, porque hace unos años ya masacraron Argelino, servidor de dos amos.

Oh, pero si es una versión de Fassbinder. Como si fuera de Brecht: no hay nada en esta “actualización” que la haga superior a la original. Incluso supuestas coartadas sobre la necesidad de una puesta al día son absurdas: la obra de Goldoni es un clásico, y como tal sigue teniendo total vigencia; sin embargo, esta versión está tan definida que no es que no reconozcamos la realidad en ella, es que parece viejísima.

Y es que en esta puesta de Dan Jemmett confirma una de las verdades universales del teatro: no hay nada que pase tan pronto de moda como una obra de vanguardia. Incluso es curioso comprobar cómo, de dar tantos pasos hacia delante, se acaba en el punto de partida. Así, en el primer acto los interpretes actúan a la manera neoclásica, hablando de cara al público y sin apenas mirarse entre ellos. Si se abandonó esa práctica no fue solo para ganar en naturalismo, sino, como este Café revela, porque no funciona. Por cierto, que no diremos nada sobre los actores porque sabemos que algunos de ellos son grandes intérpretes y el hecho de que todos estén aquí asesinables no es culpa suya. 

En otra ocurrencia o gracia sin gracia (a lo mejor es humor alemán), en el último acto a los actores les da por el estilo melodramático y grandilocuente. A estas alturas hasta ellos parecen agotados, y lo que menos le apetece al público es entrar en interpretaciones sobre por qué ahora les ha dado por eso. Será algo antiburgués, o antiteatral, como ese desdeñoso saludo final (si nos hubieran quedado ganas de aplaudir, ese gesto hubiera acabado con ellas: el desdén con el desdén se paga).

Pero si hay algo que defina esta función, es la palabra cansina. Sí, son muy pesados. Como Jemmett no parece andar muy sobrado de ideas, repite dos ocurrencias hasta la extenuación: por una parte está la de convertir los cequiés en dólares, libras y euros. A las quinientas veces de repetirlo ya parece un recurso agotado. Y lo otro es esa insoportable manía de parar las escenas porque parece que los actores se han quedado sin fuelle y miran al horizonte perdidos.

Nosotros miramos al público, que sorprendentemente no daba muestras de enojo, pero llega un momento en el que tampoco sabes muy bien qué hacer (pensar en el significado del gesto es una vez más fútil). Que al final uno de los personajes diga que no va a repetir lo de las monedas y que hasta harto de los parones puede pasar precisamente por ironía, pero a nosotros nos pareció una claudicación: sabemos que esto no hay quien lo soporte, y si nos ponemos posmodernos a lo mejor se justifica. Pues no.

Así las cosas, y aunque pueda parecer un chiste a la altura de la obra, creemos que lo mejor de la representación fue el segundo acto. Mientras los actores se cambian de vestuario y suena música a todo volumen, en la pantalla de fondo se reproduce el texto a gran velocidad. Después saldrá un actor a explicar que con los recortes de presupuesto y tal han tenido que saltarse la escenificación y cuenta un poco la historia, y da igual que no se entienda nada, pasa lo mismo cuando sí hay representación. Total, es una comedia burguesa y en todas siempre pasa lo mismo.

Y lo peor de El café es que salimos del teatro con la sensación de haber perdido el tiempo. Ciertamente no es un entretenimiento, algo que seguro horrorizaría a sus creadores, nosotros no estamos aquí para divertir. Pero es que tampoco aprendemos nada sobre el teatro (como decíamos, sus trucos son más viejos las acotaciones). Y lo que es peor, no aprendemos nada sobre la vida. 

lunes, 26 de abril de 2010

Por el placer de volver a verla

Hoy empezaremos con la reacción del (agradecido) público. Risas cuando son necesarias, carcajadas en los momentos pautados, inundación de lágrimas en la conclusión. ¿La obra es realmente tan buena? o ¿La obra es realmente tan mala? (que diría un esnob). En realidad la función es muy buena y muy mala, lo que explica por una parte que se produzcan estas reacciones, y por otra que sean tan exageradas.

Como es obvio, lo mejor del espectáculo es Miguel Ángel Solá, uno de los grandes actores de la escena contemporánea, quien aquí tiene un falso gran papel. En principio su personaje le permite pasar por un niño travieso, un adolescente impertinente, un joven inseguro, un autor de éxito... Vamos, un repertorio completo para lucirse. Pero en realidad se trata de un comodín siempre al servicio de la verdadera protagonista de la función, Blanca Oteyza. Si en Hoy: El Diario de Adán y Eva, de Mark Twain, Solá era el centro absoluto de la pieza, aquí el eje es Oteyza, gran actriz que sin embargo no es seguramente la más apropiada para este papel.

En la puesta en escena de Manuel González Gil se ha optado por una falsa desnudez (no hay decorado, pero los cambios de luces y de unas cajas multiusos sirven de fondo; Solá no va “vestido” pero el vestuario de Oteyza daría para un elenco completo), incluso en algún momento se cita a Brecht, pero pese a la interacción con el público, aquí no hay nada de distanciamiento: todo es puro melodrama.

La parte más reída por el público es en la que madre e hijo discuten sobre las inverosimilitudes de una novela. Ciertamente graciosa, uno de los puntos que enfrenta a ambos es que en dicha obra se gastan más de cincuenta páginas con los últimos pensamientos de la protagonista. La misma duda nos surge: ¿realmente da una escena de estas características para media hora de diálogo? Así, pese a que pasan unos veinte años, no hay evolución en los personajes, y la madre no deja de ser ese objeto de adoración incondicional tan típico en ciertas producciones hollywoodienses (por algún motivo, recuerda al estilo de George Stevens).

Los sollozos llegaron con la escena final, que no deja el menor atisbo para la sorpresa y que arruina sus posibilidades dramáticas al caer de lleno en el sentimentalismo. Directores de teatro y cine argentino han traído a España su talento para darnos algunas de las películas y obras de teatro más estimulantes de los últimos años, pero también se sumergen a menudo en un tópico (de los ciertos) del que tendrían que huir como de la peste: a veces se hacen tan ñoños y sentimentaloides que provocan ataques de diabetes. Si el material que tienen es bueno (y el que ofrece Tremblay es como mínimo digno), por favor, no hace falta cargar tanto las tintas, que tenemos una obra sobre una madre “fabulosa!!!”, con que te pases un poco de rosca ya has entrado en arenas movedizas. Así tendrás nuestras lágrimas, pero no nuestro reconocimiento.