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lunes, 10 de febrero de 2014

El policía de las ratas (Teatro de la Abadía)

Nos imaginamos que si Àlex Rigola continúa su camino de abstracción, sus puestas acabarán consistiendo en una sábana donde se proyecten sombras. Ni decorados, ni música, ni actores. Y es que por muchas veces que se haya repetido el mismo proceso a lo largo de la historia del arte, no deja de ser estimulante asistir a la evolución de uno de los mejores directores de escena españoles desde la aparatosidad de Largo viaje hacia la noche hasta alcanzar casi el grado cero de teatralidad de El policía de las ratas.

Max Aub dividía los estilos artísticos en dos grandes corrientes: la fluvial, identificada con el clasicismo, en la que todo fluye de manera natural y sencilla; y la laberíntica, que hacía referencia a las diversas escuelas del romanticismo, y que se entretenía en juegos y complicaciones de estilo. Rigola parece estar transitando desde esta concepción más barroca del arte hacia un estilo más limpio y directo al grano. Y este transito de momento ha llegado hasta su obra más clara y desnuda, una adaptación tan fiel que asusta del relato de Bolaño El policía de las ratas.

Esta “purificación”, muy acorde con nuestros gusto y que por tanto recibimos con entusiasmo (su ya fluvial Maridos y mujeres fue lo mejor que vimos en teatro la temporada pasada), también conlleva algunos peligros. Pese a que la sencillez es lo más difícil de lograr, a veces se puede ocultar detrás ella la pereza, la falta de ideas. Entre una puesta desprovista de lo accesorio y una producción barata para salir del paso hay una fina línea que demasiados creadores han traspasado con impunidad. Pero en una obra de contrastes como El policía de las ratas hay un elemento extraño que pone en valor todo el empeño: la poesía.

Si el mundo descrito el El policía es sucio y degradante, su escenificación es impoluta; si su trama casi filosófica es enredada y compleja, su exposición es cartesiana; si sus personajes son decadentes y apocalípticos, su presentación es elegante; si la historia que se cuenta es una trama detectivesca, su intención es claramente propiciar una reflexión humanista sobre el arte y el individuo. La precisión y contención no hacen sin embargo fácil para el espectador el poner toda su atención reconcentrada en una narración sin apenas apoyos dramáticos, y será por eso que la obra gana en intensidad y vuelo cuando se impone la evocación. Ante tanta frialdad, es necesario algo de lirismo para recordarnos que todavía queda algo de esperanza.

En una puesta tan sobria, los actores no tienen demasiado espacio para el lucimiento, pero tanto Joan Carreras como Andreu Benito sacan todo el rendimiento posible a sus personajes. En un trabajo en el que se imponen sus impresionantes voces y sus esporádicas explosiones dramáticas, en una conjunción muy elaborada llevan la narración de la historia con una sincronía milimetrada. Una pareja que también estamos deseando volver a ver en próximas entregas de la ruta de Rigola hacia lo inesperado.


jueves, 10 de febrero de 2011

Gata sobre tejado de zinc caliente

Si en nuestro comentario sobre Un tranvía llamado deseo valorábamos la puesta en escena de Mario Gas como un acercamiento canónico a la obra de Tennessee Williams, la aproximación de Àlex Rigola a Gata sobre tejado de zinc caliente es tan personal como descafeinada. Empecemos por el título. ¿Por qué quitar los artículos? ¿Una señal desde la presentación misma de que la obra ha sido recortada hasta sus fundamentos más esenciales? Pero los artículos no son superfluos, siempre nos dan una información necesaria para nuestra mejor comprensión. Y si eso pasa con los artículos, ¿cómo no echar de menos la mitad del texto que ha sido seccionada?

A menudo se ha acusado a Rigola de exagerado, de llevar sus propuestas más allá del buen gusto, de querer llamar la atención sin detenerse ante ninguna consideración por la obra de la que se ocupe. En pocas palabras, de despreciar el texto en beneficio de una dirección egocéntrica y megalómana. Pero en sus últimos estrenos, al menos los que hemos visto, esta desbordante creatividad, que podía llevar a ideas geniales y, sobre todo, muy divertidas, o a patinazos históricos, parecía haber sido domada, como demostraba el logro absoluto de Rock 'n' Roll.

Con Gata, sin embargo, Rigola parece haberse pasado de frenada. Su contención es llevada a tal extremo que queda fría, demasiado elevada, no ya sólo despectiva ante cualquier intento de empatía con el espectador, sino que parece que le éste le molesta. Al principio se tiene la sensación de que va a ser un montaje a lo Racine, con los actores mirando todo el tiempo al público y recitando sus textos. Poco a poco Chantal Aimée se va desprendiendo de esta frialdad y consigue imponer la rabia de su personaje, pero a costa de que Joan Carreras quede como un pelele patético. Así estamos cuando aparece Muntsa Alcañiz y vuelve a descolocarnos. Personalmente, nos tomamos su personaje de la abuela a risa, con su forma de soltar las frases con desgana y sus paseos sonámbulos, pero la sala no pareció compartir nuestra apreciación.

El momento más esperado es el enfrentamiento entre Carreras y Andreu Benito, aunque la catatonia del primero hacía temer que Benito le hiciera desaparecer del escenario sin esforzarse. Y la escena resulta... así, como unos puntos suspensivos. Como si Rigola temiera caer en el melodrama, o peor todavía, en el camp, y ni me lo tomo en serio ni le pongo demasiada ironía al asunto. Así, en menos de hora y media, se ha acabado la obra, que se nos ha hecho corta, que no podemos decir que haya sido mala, pero tampoco nos ha emocionado como un título así debería hacer.

Unas buenas palabras para la escenografía, con una cama, un árbol, unos algodones y un piano que son más que suficientes para recrear un territorio complejo aquí jirabizado. El cambiante juego de luces también beneficia el extrañamiento general y un oportuno Raffel Plana al piano saca todo el partido posible a su ambientación musical.