lunes, 23 de septiembre de 2013

El duelo (Teatro Valle-Inclán)

Chéjov es aburrido. Intrínsecamente tedioso. Pelma hasta la extenuación. No sabemos si en las escuelas de teatro se enseña esto o si los directores lo aprenden por sí mismos, pero parecen empeñados en dejárselo claro a los espectadores, que ingenuos ellos pueden pensar que se trata de un autor fascinante. Sus personajes se aburren, cierto, y lo dicen. Por eso no hace falta que nos lo recalquen con tiempos muertos y dilatación de las escenas. Pero la mayoría de los montajes actuales se empeñan en mostrar en la práctica que el mundo chejoviano es un tostón.

Tenemos que reconocer que es algo muy fácil de transmitir en teatro, quizá el sentimiento más sencillo de reflejar, y quizá por eso, frente a otras opciones más audaces, se ha impuesta esta visión monolítica. Que Chéjov sea uno de los grandes genios de la dramaturgia debe de ser secundario, porque si no nos lo presentarían como nuestro contemporáneo, y no como ese autor decimonónico (el en peor sentido del término que se le quiera dar) digno de admirarse tras una vitrina, pero que no es ajeno. Frío, disquisitivo, ultrarracional, y sin apenas espacio para la emoción.

No es que esperáramos de este montaje presentado en el ciclo Una mirada al mundo del Centro Dramático Nacional por el Teatro del Arte de Moscú una visión transgresora, ni que pidamos actualizaciones de vestuario, decorados o diálogos. Aunque sí que es cierto que lo que nos cuentan en este montaje podría haberse hecho en como mínimo la mitad de tiempo sin perder en profundidad. Pero rogamos por un Chéjov al que, sin perdérsele el respeto, también le veamos su parte humana, en el que la pasión subterránea, si no subrayada, al menos sea intuida. Un Chéjov con vida, o al menos con vidilla. Un Chéjov para el que por una vez dejemos apartada la admiración y podamos sentir el drama a flor de piel.

Esta puesta propiamente rusa de El duelo comienza como habrían enseñado en esas escuelas de las que hablábamos al principio: mostrando que Vania se aburre. El montaje es diáfano, con unas escenas diseccionadas con un afán forense que facilita que todo quede meridianamente claro. Es un apreciable trabajo de depuración, lastrado por cierto estatismo, que cuya primera parte puede apreciarse de manera teórica y en el que es digna de admiración la labor de destilación y un buen sentido del humor que aligera lo que de melodramático podría tener la acción.

Pero entonces empieza la segunda parte y caemos de lleno en la pomposidad. Cuando vimos la escena del monólogo con foco casi no nos lo podíamos creer. Un recurso que ya estaba pasado de moda en tiempos de Chéjov y que creemos que le habría espantado, si no es usado de manera irónica. Pero es que la cosa ya se había puesto metafísica y profunda, dos de los tonos que más detestamos en el teatro, solo al alcance del simbolismo. Cuando el diácono y el protofascista se ponen a discutir de lo humano y lo divino, nos creímos en medio de una perorata propia del peor autor alemán. Es un momento de desconexión del que es difícil recuperarse, pero el director, Anton Yakovlev, opta por poner el foco, nunca mejor dicho, en estas torturas del alma, mientras que se ventila la escena de la reconciliación como si fuera un “buenas tardes”. Está claro dónde están puestas sus prioridades.

El trabajo de los intérpretes se ve marcado por la misma meticulosidad que la adaptación. Pese a las dificultades del idioma y la manera particular de actuación de las compañías rusas, se perciben todos los matices que van del explosivo Laevski de Anatoli Beliy al distante e implacable Von Koren de Evgeni Miller. Natalia Rogozhkina tiene que hacer frente a una Nadezhda que va cambiando de actitud un poco por exigencias del guión, sin demasiadas explicaciones, y consigue mantener la coherencia en el intento, mientras que Olga Vasil'eva se llevó un aplauso espontáneo por su reprimenda cómica. Dmitri Nzarov y Valeri Troshin ejecutan con donaire dos personajes típicamente rusos, el doctor que intenta ayudar a todos y que mezcla su inclinación por la buena vida con los reproches por la mala vida de los demás, y el monje medio loco que acaba ejerciendo como voz de la conciencia y de los valores superiores.

La obra vuelve a recuperar algo de tono en la tensa escena del duelo y en la despedida, con todos los personajes hundidos y una perspectiva para la que hay que ser muy optimista si se quiere atisbar algo de esperanza. Yakovlev, solamente con recursos escénicos y con la ayuda de la eficaz escenografía de Nikola Slobodyanik y de la bonita música de Alexander Manotskov, consigue transmitir una belleza, ciertamente fría, y un tono de fin de época de manera más emocional de lo que había demostrado hasta entonces.


No hay comentarios:

Publicar un comentario