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lunes, 19 de mayo de 2014

Le Voci di Dentro (Teatros del Canal)

Sin duda hay algo muy próximo entre napolitanos y españoles: su sentido del humor, teñido de oscuridad y a menudo de tremendismo, es tan similar como reconocible. Por eso, en cuanto comienza Le Voci di Dentro tenemos la sensación de estar ante algo cotidiano, ante personajes y situaciones que, más allá de su condición insólita, nos suenan. Y eso que el italiano que hablan se hace rugoso al oído. Pero ver a esa criada imaginativa, esa señora (sin más explicaciones) o ese calzonazos, nos recuerdan toda una tradición de la comedia que conocemos de sobra. Y eso por no hablar de los vecinos entrometidos, otro clásico que creíamos tan patrio. Cuando la cosa se pone seria (es un decir), la conexión se mantiene: diríamos que es típicamente español eso de acusar por la espalda, de estar a la que salta, de buscar el propio interés por encima de hermanos, padres o tías. Parafraseando a Boadella, va a resultar que no hay nada más español que un napolitano.

Así, las primeras escenas son tan jugosas como estimulantes. Con un par de pinceladas De Filippo nos mete en situación sin que sepamos muy bien lo que está por pasar, solo que entre tanto disparate se está cociendo algo fuerte. Poco a poco, a fuego lento, vamos conociendo a los personajes, introduciéndonos en sus miserias, adentrándonos en sus peculiaridades, oliendo un guiso que no ha salido del todo bien. Si esta preparación ha sido exquisita, cuando aparece en escena Toni Servillo la efervescencia toma forma. No podemos ser ajenos al actual reconocimiento que recibe Servillo, pero es que se lo tiene merecido. Todo el reparto está ajustado, es creativo y cómplice, pero no cabe duda de que Servillo tiene reservada la mejor parte del pastel.

También su dirección es atinada, sutil. Como la elegante escenografía de Lino Fiorito, todo parece muy sencillo, natural, casi esquemático, pero consigue transmitir la fuerza de la simplicidad. Cada escena se sucede con una fluidez equilibrada, cada acto tiene un tono diferente, pero tan bien graduado que no hay ningún fallo en la continuidad. A veces da la sensación de que solo hay una manera de hacer teatro (buen teatro, queremos decir), cuando todas las piezas encajan con facilidad, sin aspavientos ni virtuosismos. Es un teatro modesto que no trata de impresionar, pero que a su manera humilde y respetuoso llega más lejos y a un lugar más profundo que cualquier experimento vociferante de teatro transgresor.

Como decíamos, todos los actores están magníficos. En la primera escena entre Chiara Baffi y Betti Pedrazzi ya tenemos el tono que va a sobrevolar toda la representación, una mezcla entre onirismo y humor directo que entrelaza el naturalismo de una conversación cotidiana con la evocación disparatada de los sueños. Pronto aparecerán Gigio Morra y Lucia Mandarini que tendrán menos protagonismo del esperado, pero que como le pasará al genial tío de Daghi Rondanini, tienen un punto de excentricidad memorable. Con Peppe Servillo, ese hambriento y descarado vecino tan débil como malintencionado la cosa ya sube de intensidad, y explota con Servillo. Imparable en su verborrea, arrollador, impetuoso... Y poco después, batido, decepcionado, perdido para la causa de la humanidad.


Es difícil condensar en menos de dos horas tantos vaivenes emocionales sin caer en el guirigay, encontrar en una sola obra tantos disparates sin perder en ningún momento la dirección. Pero De Filippo era capaz de lograr ese equilibrio entre locura y realismo, entre comicidad y pesimismo. Y Servillo le ha honrado con una puesta que mantiene ese maridaje imposible sin que parezca algo forzado, ni tan siquiera inverosímil. Salimos con la certeza de que el repetido dicho “ten cuidado con lo que deseas, porque podría cumplirse” se completa con la idea de que “ten cuidado con lo que sueñas, porque otros podrían hacerlo realidad por ti”. 

martes, 30 de noviembre de 2010

Con derecho a fantasma (Questi fantasmi!)

Recientemente Íñigo Domínguez hablaba en su estupendo blog sobre la importancia superlativa que se da en Italia a las apariencias, a menudo tratadas con mucho más respeto (y sin duda ingenio) que la realidad que tratan de ocultar. No creemos que se trate de una característica puramente italiana, pero quizá ellos han convertido el fingimiento en una de las bellas artes, y quizá por eso no hay quien los gane en cuanto a actores -actores (es decir, actores que hacen de actores que hacen de lo que sea). Y gracias a estas complejidades podemos de disfrutar de talentos tan brillantes como el de Eduardo de Filippo.

Ya hemos dicho en otras ocasiones que nos molestan algunos trucos supuestamente modernos como meter a los actores entre el público, así que antes del inicio de Con derecho a fantasma ya empezamos con mal pie: los actores subían y bajaban del escenario llevando bultos como si estuvieran en plena mudanza. Por si no fuera suficiente, se ponen a hablar con el público e incluso en un momento dado uno de los gemelos Gálvez se nos quedó mirando como si supiera lo que íbamos a decir. Pero en fin, las luces se apagaron y comenzó una comedia con fantasma, así que nos preparamos para pasar una buena tarde.

Y la función se inicia como un tiro. Manel Dueso compone un italianísimo portero fanfarrón, chulesco, taimado, ladrón y mentiroso (dicho así, se podría decir que también es españolísimo, un capitán Fracasa de barrio). Cuando se junta con Tony Laudadio, la función empieza a carburar de tal manera que parece que no va a haber manera de pararla. De ahí que sea tan drástico el parón que se produce cuando entran en escena Marta Domingo y Xavier Boada. Si antes estábamos en una comedia napolitana a lo de Sica con la irrupción de los personajes de María y Alfredo nos vemos de pronto inmersos en un melodrama de Juan de Orduña. No se trata (solamente) de una carencia de los actores, sino que por algún motivo se ha decidido llevarlos por una vía que va a contracorriente del espíritu de la función. Un anticlímax brutal que es difícil de superar.

Toda la obra tendrá los mismos vaivenes que en ningún momento acaban de cuajar. Tan pronto pasamos por escenas redondas (el famoso monólogo del café, la “improvisación” coral del Nessun Dorma, o la cima cómica del final del segundo acto) como caemos en valles en los que es fácil desconectar de una reiteración de clichés folletinescos. No es sencillo compaginar la torrencial (y una vez más muy italiana) aparición de Pilar Pla con la figura un poco de relleno que le toca encarnar a Armand Villen, y Oriol Broggi, muy imaginativo a lo largo de toda la puesta en escena, fracasa al unificar las interpretaciones.

Poco antes de terminar la función, pudimos asistir a un momento “ser o no ser”. Cuando Laudadio estaba en pleno monólogo final, alguien se levantó en mitad de una fila para abandonar el teatro. El actor dio muestras de su cuajo cuando no movió ni una ceja, ni tan siquiera en el momento en el que el fugitivo se cayó al intentar escapar y dio de bruces en el suelo del pasillo.

lunes, 19 de julio de 2010

El arte de la comedia

El libreto de El arte de la comedia es el perfecto ejemplo de texto genial que no pasaría ni la primera criba de cualquier Academia que se precie. Tras una breve introducción en la que De Filippo, muy levemente disfrazado de Oreste Campese, hace una loa al mundo del teatro, que en esta ocasión es un repaso a su propia vida en escena, el espectador se topa con una larga escena en la que el propio Campese y el gobernador De Caro discuten sobre las delicias y penurias del oficio teatral, las políticas a seguir para su mejoramiento, su impacto social. Desde la cordialidad inicial la conversación se va agriando hasta que un indignado gobernador, que cree que el actor quiere aprovecharse de él, echa a éste de su despacho.

En un momento de este extenso diálogo, se dice que la tantas veces alabada “valentía” de un autor teatral en realidad esconde la visión represiva que sobre este oficio tiene la sociedad: ¿por qué, si no, un dramaturgo iba a tener que ser valiente? Pues bien, el arrojo de De Filippo es casi suicida. Y su confianza en sí mismo. Porque hace falta coraje para pasearse por el filo de lo tolerable por el espectador común (es fácil imaginar que no a todo el mundo le interese un tête à tête de media hora larga sobre un tema puramente teatral) y porque el autor consigue salir bien parado del empeño sin recurrir a trucos manidos (como buscar la identificación/rechazo con los personajes), sino con la pura fuerza de las palabras. También es digno de elogio que Carles Alfaro en su puesta en escena haya decidido ser respetuoso con el texto y dejando la escena como una confrontación entre los dos personajes, sin querer hacerse notar.

Después de esta primera parte, el espectador se frota las manos: la discusión ha acabado con una amenaza del histrión: las próximas citas que se pasaran por el despacho del gobernador quizá, quién sabe, sean actores de su compañía disfrazados para la ocasión. Una excelente oportunidad para saber si su oficio es tan despreciable que hasta una mirada superficial puede descubrirlos. Aquí había dos caminos por los que tirar: la reflexión metateatral (explícitamente citada con la referencia a Pirandello) o la denuncia social sobre la mala vida de los actores a el desprecio que sufren por parte de una sociedad que sólo los valora como pasatiempo (como si fuera poco). Obviamente, De Filippo desprecia ambas posibilidades. ¿Y qué hace? Sólo teatro. Unos textos creativos, cómicos y patéticos, desarrollados con infalibilidad. Una oportunidad para el lucimiento de los actores. Señores, nos dice, podemos darle muchas vueltas al asunto, pero a esto se reduce todo. ¿De verdad que no es suficiente? Y hasta de sobre, contestamos.

Suponemos que una obra así es un regalo para la gente del teatro. Una reivindicación del propio oficio, pero también una obra llena de posibilidades. La puesta en escena, que podría haber resbalado por los terrenos de la autoconsciencia, se ajusta sin embargo a las exigencias del texto y diríamos que se queda en un segundo plano, dejando jugar. Y los actores se lo pasan en grande. Enric Benavent, del que siempre habíamos tenido algunas dudas, como Oreste, aquí está inmenso, desde su primera escena elegíaca hasta su gloriosa frase final. Pero lo de Pedro Casablanc está fuera de categoría, una de esas actuaciones para salir a hombros. Acorde con la directriz de no hacerse notar, a veces parece como si su personaje fuera funcional, pero de alguna manera logra convertirse en el centro de toda la función. No podría imaginarse un estilo más acorde con la obra y a la vez tan resplandeciente. Esto también es teatro destilado.