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martes, 17 de mayo de 2016

Animales nocturnos (Teatro Fernán Gómez)

Antes de ir a ver una obra de Juan Mayorga es conveniente prepararse bien: dormir como mínimo ocho horas más siesta, alimentarse con productos sanos y nutritivos e incluso hacer algo de ejercicio: ir andando al teatro, por ejemplo. Vamos, para el aficionado teatral es el equivalente a jugarse la Liga. Porque sabes que si te dejas, podrás disfrutar de una buena tarde de teatro en el sentido clásico, pero si quieres estar a la altura, también tú tendrás que poner lo mejor de ti, máxima concentración y un estado de alerta permanente para no perderte ninguna pista. Luego el resultado puede ser como este comentario, incapaz de ejecutar un análisis como el que se merecería. Pero al menos lo hemos intentado, como se consuelan los perdedores.

Una vez ya en el teatro, el choque que se experimenta es inmediato. El punto de partida de Animales nocturnos es a la vez tan sencillo y primario que apela a un sentimiento que escapa a cualquier intento de racionalización. La idea genial de Mayorga (de esas que solo después de expuestas parece evidente) es convertir a un marginado, un mediocre, en un persona con el control sobre existencias ajenas gracias a una ley bárbara e inhumana. El hombre bajo insiste en que su intención no es humillar, en que siempre respetará los derechos del otro (como suelen proclamar esas leyes tan benévolas), pero lo que en realidad está haciendo es convertirse en el amo de un esclavo que debe estar siempre a su disposición, aunque sea para realizar las tareas más nimias.

Ante la injusticia, solo cabe la sumisión o la rebelión. Y ese será el punto sobre el que bascule toda la obra, con unas posturas que encarnan el hombre y la mujer altos, sin que los personajes se conviertan en muñecos inanimados (sin alma), pero a través de los cuales queda clara la disyuntiva que obliga a elegir, a definirse, a ser. Y es aquí donde se produce uno de esos ensanchamientos que hacen de Mayorga un autor extraordinario: el hombre alto, pese a sufrir esta reducción en su libertad y situarse en una posición de inferioridad, también encuentra en el hombre bajo algo parecido a un amigo, un enemigo íntimo, podríamos traducir la situación. Ni tan siquiera se trata del síndrome de Estocolmo, sino de una compartida sensación de desamparo que iguala lo que la ley ha intentado convertir en estratificación.

La complejidad de la obra se ve enriquecida con la participación de las mujeres, que al mismo tiempo que permiten conocer la intimidad de los hombres, tienen sus propias vicisitudes. Si el hombre alto expresa la rendición, el asumir las propias limitaciones para conformarse con lo que hay, la mujer alta se enfrenta a lo inevitable (¿determinismo vs. libre albedrío?). Para ella está claro que es preferible la explosión que la decadencia, la esperanza quizá baldía en la libertad que la capitulación ante el poder. La mujer baja realizará un viaje repleto de vaivenes, pero en su caso la energía que le queda para romper con todo no será tan fuerte como para dar el paso definitivo, para ella será suficiente con un cambio superficial para que la estabilidad la permita seguir tirando.

Frente a ese vendaval que fue Reikiavik, el tempo elegido por Carlos Tuñón para Animales nocturnos es pausado, reflexivo, incluso por momentos cae en la quietud contemplativa, como si quisiera transmitir las mismas sensaciones que tienen los personajes cuando visitan zoo. Se trata de una opción válida, pero el verdadero problema viene con los continuos cambios que requiere la escenografía, que resulta un poco artificiosa. Está bien la idea de esos compartimentos que van desplegando diversos artilugios según las necesidades, pero estéticamente queda un poco chocante lo de meter a los personajes en cubículos tan pequeños (y la implicación simbólica es redundante) y respecto al ritmo de la función perjudica el libre fluir por las necesidades técnicas.


Pablo Gómez-Pando es un hombre alto (qué raro suena dicho así) enérgico hacia fuera y casi hundido hacia dentro, alguien que ha sido y que espera ser, pero que de momento solo puede estar, que es a la vez un derrotado y la figura que el hombre alto envidia. Gómez-Pando logra que sus momentos de expansión tengan un aire impostado sin ser sobreactuados, mientras que en los momentos más íntimos transmite desazón con un fondo de resistencia que se va apagando. Jesús Torres es un hombre bajo de esos que transmiten frialdad y temor sin aspavientos, sin mostrar la más mínima emoción, uno de esos personajes que te ponen nervioso con su sola presencia. Viveka Rytzner, por el contrario, es emoción a flor de piel, insatisfacción perpetua y ganas de mejorar. En una obra en la que subyace el concepto de imaginación y creatividad como uno de sus elementos más misteriosos (la capacidad de la palabra para crear realidades), la mujer alta de Rytzner es la manifestación más tangible. Al otro lado, Irene Serrano es como un fantasma, una mujer sumida en la depresión, que trata de recuperar una ilusión que quizá jamás existió y que solo podrá construir su futuro transformándose ella misma en carcelera, junto a su hombre ideal.

lunes, 23 de febrero de 2015

El caballero de Olmedo (el de Lope no, el otro) (Teatro Lara)

No está del todo claro que El caballero de Olmedo de Francisco de Monteser fuera posterior al de Lope (Menéndez Pelayo pensaba que no, y cualquiera le lleva la contraria a don Marcelino), por lo que no se le podría considerar una parodia de uno de los textos más famosos del teatro clásico español, sino más bien una burla de los tópicos más comunes del teatro serio de la época. Como hoy en día tampoco tendría mucho sentido montar una obra para reírse de Lope (aunque...), la Compañía los otros ha tenido el acierto de deconstruir, o fusionar (o alguno de esos términos que ahora ha colonizado la gastronomía) el texto de Monteser para ofrecer una función que, manteniendo los variados juegos originales, se adapta perfectamente a la actualidad.

Y no hablamos solo de algunas referencias evidentes (como ese rey que tenía todas las cartas para convertirse en una treta facilona, como de guiño-guiño, pero que resulta que es hilarante), sino también de la habilidad de Félix Estaire para convertir los disparates de Monteser en artificios posmodernos, sin caer en la pretenciosidad, sino que muy al contrario, mantiene en todo momento el espíritu burlón. Aunque, en realidad, a lo mejor simplemente se produce el efecto Menard. En cualquier caso, si para Monteser no había nada sagrado y podía poner en solfa aspectos en apariencia inherentes al teatro clásico, como el honor o la gallardía (convertidos en tópicos de lo español), Estaire le acompaña en su tarea desestabilizadora con una versión tan contemporánea como fiel al original.

En esta labor la dirección de Julián Ortega tampoco toma rehenes. Sin decorado, con los recursos escénicos de una obra escolar y descaro ante las carencias, por una vez podemos regodearnos ante una propuesta que desnuda la pretenciosidad de una cierta manera de afrontar el repertorio clásico con una solemnidad mortal. Cierto que no siempre es así, y precisamente el reciente Caballero de Olmedo dirigido por Lluis Pasqual demostraba que también se puede poner en pie un texto canónico con alegría y ligereza, pero lamentablemente no es lo más común. La embestida de Ortega se produce con más sorna que malicia y, desde luego, material de base no le falta. Por eso acogemos con complicidad y algarabía la propuesta, tan seria y matizada como exige cualquier trabajo de buena comedia.

Por supuesto, en una función como esta es necesaria la colaboración de un reparto que sepa entrar en el juego, y los actores de este Caballero de Olmedo parecen pasárselo tan bien como el espectador. José Ramón Iglesias es un don Rodrigo pomposo que echa para atrás (no solo por el aliento). Incapaz de meterse en el papel (por exigencias del guión), es un matasiete con ambiciones dramáticas que lo borda como patético pretendiente. En la mayoría de las obras dramáticas de la época el personaje del rey suele ser un fantoche sin carisma, o al menos en tal se ha convertido para la mayoría de los directores actuales. Pero Iglesias convierte a su rey en un bobo por todos reconocible y, como ya dijimos, de irresistible gracia. El gracioso oficial, Tello, es un Héctor Caballero que se maneja a la perfección en la comicidad física, arrollador también cuando le toca trasformarse en hermana fea y en heredero repentino.

En un montaje de estas características lo que en otras circunstancias serían rémoras se convierten en puntos a favor. Y así Irene Serrano da lo mejor de sí misma cuando se deja llevar por la sobreactuación (también por exigencias del guión) y consigue arrastrar al espectador en su locura. Rafael Ortiz es un caballero de Olmedo atontado, torero con montera y traje de luces, que precisamente se luce más cuando ya está muerto, en una tercera jornada apoteósica. Gerardo Quintana trastoca el típico personaje de padre obsesionado con la honra y disfruta viendo desde fuera el discurrir de los acontecimientos, sin privarse de participar de manera activa cada vez que tiene la oportunidad. El público, también invitado a interactuar con los numerosos sobreentendidos y al que se le supone un conocimiento previo para poder captar todas las implicaciones, responde a esta responsabilidad pasándoselo en grande.