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viernes, 20 de enero de 2012

El tiempo y los Conway (Teatros del Canal)


Antes de empezar con la reseña de El tiempo y los Conway, creemos justo hacer mención a dos aspectos que han podido influir en nuestra valoración de la obra. Por una parte, y pese a nuestras intenciones, la hemos visto inmediatamente después de Agosto, y era difícil que nos encontráramos tan pronto con una obra que pudiera aguantar la comparación (además, es curioso que ambas obras comparten bastantes puntos en común, como lo que le sucede al padre o la relación de las hijas con una madre terrible). Por otro lado, casi al comenzar el segundo acto se fue la luz en el escenario y la representación estuvo parada unos diez minutos. No dudamos que en este caso los más perjudicados son los propios actores, pero el público también corre el peligro de salirse (mentalmente) de la función. Intentamos (y creemos conseguir) que estas circunstancias no sesguen nuestra apreciación, pero por si acaso dejamos constancia de los hechos.

Quizá sea casualidad, o quizá una nueva percepción de la obra de Priestley, pero el hecho es que después de estar en el limbo de los dramaturgos durante muchos años, en poco tiempo se han estrenado en Madrid dos obras suyas. Si acerca de Llama un inspector ya expusimos nuestras reservas, en el caso de El tiempo y los Conway, tenemos que decir, quizá con inconsciencia, que nos parece una mala obra. Pero no lo decimos en el sentido de que esté mal escrita o construida, sino como diríamos de alguien que es una mala persona.

Y es que el autor parece complacerse en amargar a sus personajes, en torturarlos, en acabar con todas sus esperanzas. Quizá seamos ingenuos, pero no entendemos esta saña por destruir almas. Parece como si Priestley hubiera disfrutado creando grandes expectativas para sus criaturas, solo por el placer de sumirlos en el fracaso más tarde. ¿Por qué ser tan miserable?, ¿por qué crear una obra tan negativa? ¿Quizá se debe a que los personajes de la obra pertenecen a la clase alta y se merecen un correctivo? No pensamos que esa sea la intención.

Es curioso que estando detrás de esta producción quienes están, el más despreciable de todos los personajes sea ese advenedizo de derechas (interpretado como si de un vampiro sediento de sangre se tratara por Román Sánchez Gregory) que representa al nuevo capitalista que va a acabar con la vieja clase dominante para imponer sus nuevos planes. Ya sabemos que Priestley no destaca precisamente por su sutileza y que puede caer en el maniqueísmo más pedestre. Pero es que aquí hay para todos: para la socialista con grandes ideas, para la novelista ambiciosa, para la bella, para el hombre de negocios, para el funcionario, incluso el personaje más positivo, el inocente, tiene su castigo.

Lo que El tiempo y los Conway podría haber sido: un relato de fantasmas (la puesta solo tira por ahí en la breve escena del escondite, y la verdad es que el resultado no es muy convincente) en el que el pasado y el futuro se entremezclan. Un poco al estilo de Anthony Powell, un poco al de Retorno a Brideshead. Pero con todas las opciones que la historia planteaba (después de todo, una de las cosas más fascinantes que tiene el teatro es su capacidad para jugar con el tiempo), el autor no quiso (aunque nos tememos que no pudo) imbricar los diferentes tiempos y se limitó a una sucesión de presentes que más que ofrecer una fluidez narrativa (aunque no lineal), se divide en compartimentos estancos que solo se entremezclan cuando al autor le viene bien, y a través de los peores recursos: referencias casi paranormales y reiteración de motivos.

Lo que El tiempo y los Conway es. Al parecer Juan Carlos Pérez de la Fuente llevaba mucho tiempo detrás de esta obra, y quizá la ha pensado demasiado, porque esto también puede pasar: las escenas están demasiado marcadas, como si cada una de ellas funcionara por su lado. Y por el contrario, nos da la sensación de que el tiempo para los ensayos ha sido demasiado escaso. Los actores no funcionan como conjunto, sino que parece como si cada uno fuera por su lado. Luisa Martín (por cierto, muy ágil en el momento del apagón, y muy graciosa en las disculpas finales) sabe que tiene un buen personaje, pero en los momentos en los que necesita el apoyo de los otros intérpretes se encuentra demasiado ajena, como si ella sí fuera un espectro. Nuria Gallardo se lleva la parte más importante de la función, pero mientras su Kay adulta es capaz de mostrar su frustración y su desengaño, en los momentos de veinteañera les falta convicción. El resto del reparto también tiene dificultades para un cambio de registros a la vez demasiado obvio (para las intenciones del autor) y bastante mal explicado (está bien que el espectador tenga que intuir algunas tramas subterráneas, pero lo que no se le puede pedir es que se las apañe él solo para adivinar todo lo que ha pasado).

La versión de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño nos sorprende por su tono demasiado... “españolizado”. Sí, no vamos a caer en la pretensión de que la obra mantenga su inglesidad en la puesta en escena española, pero con un espacio y un tiempo tan marcados, nos esperaríamos al menos una elevación de tono, aunque quedara pretérita, que esta actualización casi castiza. La escenografía de Pérez de la Fuente es quizá un poco evidente en su propuesta de relato metateatral (por cierto, otro camino interesante abandonado), y el vestuario de Javier Artiñano está entre lo mejor de toda la función. De la iluminación mejor no hablamos...

lunes, 26 de septiembre de 2011

Llama un inspector


En la propaganda referida a Llama un inspector se ha reiterado la idea de que Priestley vistió una obra de fonda social con el traje de una historia de detectives para atraer al público. Más de medio siglo después de su estreno, nos preguntamos si en la actualidad el verdadero truco no consistirá en adornar una intriga policíaca con referencias sociales. Así el espectador comprometido puede asistir a un pasatiempo inocuo sin sentirse culpable. Nosotros, tenemos que confesarlo, no podemos evitar la mala conciencia: como denuncia, la obra nos parece un panfleto tosco, como entretenimiento, nos lo pasamos estupendamente.


Si en nuestro anterior comentario enlazábamos Traición con Seinfeld, en esta ocasión nada más levantarse el telón se nos viene a la cabeza la extraordinaria serie Downton Abbey. No sólo estamos en el mismo espacio, sino que también coincide exactamente la cronología (al parecer lo más sencillo es citar al Titanic para enmarcar temporalmente la acción). Pero si en la serie británica los aristócratas protagonistas pueden ser mezquinos, envidiosos y taimados, pero en el fondo suelen tener buen corazón, mientras que los casos más flagrantes de bestialidad humana se dan entre los criados, en Llama un inspector los ricos protagonistas pueden llegar a ser desalmados déspotas, mientras que la mujer trabajadora es una víctima que no recibe la menor muestra de compasión. Ahora nos acordamos que una de las principales críticas a la película Titanic fue que presentaba a todos los ricos como malvados desaprensivos al tiempo que todos los pobres eran alegres y generosos seres humanos, un maniqueísmo que aquí se repite con la misma falta de matices. Sí, para los que van a ver esta obra a limpiar conciencias les parecerá muy apropiado este reparto de papeles, pero no deja de ser igual de rudimentario.


Así que mejor fijémonos en lo que nos gustó. En esta acumulación de lugares comunes sobre la “inglesidad”, lo que mejor funciona es siempre la ironía. En el momento menos esperado, el inspector te suelta una perlita que no te veías ver. Incluso la mosquita muerta de la hija puede resultar caústicamente afilada. Este tono burlón, mejor aprovechado, hubiera salvado muchos momentos de embarazo ante la falta de sutiliza de Prestley, pero por desgracia no abundan.


También nos gustó el escenario de Pep Duran, elegante y equilibrado, en el que no falta detalle, pero tampoco sobra recreación. En él se mueve con un saber estar impresionante Carles Canut, que en sus dos apariciones en el Teatro de la Latina ha demostrado todo lo que puede dar de sí este grandísimo actor. José María Pou impresiona desde su aparición y juega con el ritmo de la obra mucho más hábilmente desde su posición de actor que desde la de director. Con su estentórea voz y su facilidad para hacerse con toda la escena, maneja la evolución de la obra con un dominio apabullante. Victòria Pagès y Rùben Ametllé se ajustan perfectamente a sus estereotipados personajes, mientras que Paula Blanco y David Marcé sufren un poco ante tan excelsa compañía.


Al principio decíamos que esta obra puede atraer a comprometidos en busca de descanso intelectual, pero tenemos que confesar que el público de la Latina sigue pareciendo en su mayoría el mismo que acudía a ver las españoladas, por llamarlas de alguna manera, típicas de este escenario. Esto nos plantea preguntas sobre la forma y el fondo teatral: ¿y si después de todo lo importante no fuera la programación, sino el lugar?